CONFIANZA, EMPATÍA Y COMPASIÓN

               El profesional sanitario de urgencias posee dos capacitaciones para satisfacer las necesidades y expectativas de los pacientes, por un lado la capacitación científico-técnica con la que aborda el problema clínico que muestra la persona, y por otro lado, la capacidad relacional que condiciona la labor en el abordaje de una adecuada “CONFIANZA”, “EMPATÍA” Y “COMPASIÓN” durante todo el proceso asistencial.

               El objetivo asistencial de todo es tratar o curar cuando la ciencia lo permita y la persona lo admite, a la vez que cuidar o aliviar síntomas y acompañar a la persona que respondería a la frase anónima que todos escuchado alguna vez de “curar a veces, aliviar a menudo, consolar siempre…” que tan bien describe todas las actuaciones sanitarias independientemente del nivel asistencial en el que estemos, para ello se necesita una interacción de confianza, relacional y emocional adecuada donde se muestre por tanto confianza, empatía y compasión hacia la persona.

               “¿Pero es posible en Urgencias establecer relaciones eficaces con una adecuada confianza, empatía y compasión, con la gran presión asistencial que habitualmente se vive y no morir en el intento por parte del profesional?”

               Mi respuesta en “SI”, ya que dependen de la persona, en este caso el profesional, si bien el profesional a de partir de sí mismo para poder llegar a la otra persona, dejando a un lado sus valores individuales para utilizar y  trabajar con los valores de la otra persona, ello permitirá el desarrollo de la confianza, empatía y compasión como un proceso activo asistencial, a la vez que su nivel de exigencia estará marcado por la otra persona, no por querer imponer nuestros valores y nuestras expectativas sobre el paciente.

               Hemos de ser conscientes que sin una adecuada confianza de partida en la relación profesional que nos permita identificar las emociones que afloran en la otra persona, y hacia las que tenemos que dirigir nuestra empatía,  mediante un análisis adecuado y a partir del cual desarrollar comportamientos y conductas dirigidas a disminuir el dolor y sufrimiento de esa persona concreta, es decir, será inviable realizar una adecuada “compasión”, es decir, disminuir el dolor y sufrimiento que muestra la persona. Para llegar a la empatía-compasión se necesita partir de una confianza relacional entre profesional-paciente que facilite dichos comportamientos, ya que es un engranaje o proceso continuo: Confianza-Empatía-Compasión.

               El proceso “CONFIANZA-EMPATÍA-COMPASIÓN” sobre todo en urgencias donde el tiempo es escaso, y siempre existe el riesgo que precisar asistencia alguna persona con un quebrantamiento vital extremo, precisa de una madurez individual y una elaboración previa del profesional que le permita mostrar espontáneamente un comportamiento abierto hacia la persona mostrando escucha activa, manejo de los silencios (para percibir las necesidades de la persona y dejar que se muestren las emociones) y gran flexibilidad para aceptar los valores de las personas sin juzgarlos por muy distantes que estén de los suyos propios como persona y profesional.

               El proceso “confianza-empatía-compasión” no precisa de un tipo de lugar concreto o ambiente ideal para poderse llevar a cabo, si bien hay espacios que son más favorables para ello y que como profesionales tenemos la obligación de tenerlos en cuenta si es factible, lugares que preserven la intimidad, sin interrupciones, donde las personas puedan estar sentado o en una posición comoda…; si esto no es posible el procesional sin embardo si puede crear “microambientes” que aíslen el binomio profesional-paciente del resto del ambiente  perturbador, ya que hay que tener en cuenta que esto también es una prioridad relacional.

               La confianza hacia el profesional está muy condicionada de como se muestre al inicio de la relación: actitud de apertura, lenguaje no verbal (identificarse, lenguaje corporal de apertura, mirando a los ojos, tono adecuado…) emociones adecuadas y gestionadas (eliminado de nuestra mente y por tanto de nuestro diálogos interiores, todas aquellas que puedan afectar de forma negativa nuestra conducta: emociones negativas previas, prejuicios, sentimientos de culpa, miedos interiores en general…), mostrar si es viable y adecuado una sonrisa o gesto de recepción, etc.

               Sólo tras crear un ambiente de confianza, el profesional está capacitado para identificar las emociones que muestra la persona y poderlas verbalizar, para de este modo confirmar que su percepción es adecuada, mediante este proceso desarrolla la “empatía” necesaria para que el paciente se encuentre comprendido y pueda indicarnos que podemos hacer para aliviarle su dolor y sufrimiento, no sólo por la parte técnica que esté indicada sino también con todos los compartimientos relacionales que como persona precise. Además en este momento el profesional está en la situación ideal para averiguar cuales son las creencias y valores del paciente que dirigen los comportamientos y necesidades de esa persona concreta y en su momento vital, así como si existe alguna creencia irracional que pueda interferir la asistencia o que pudiera condicionar una relación profesional complicada posterior e insatisfactoria por parte del paciente, realizando su abordaje en ese momento.

               Una vez realizada la empatía y el acercamiento emocional que el profesional sea capaz de desarrollar, está ya en la situación ideal para poder llevar a cabo aquellas conductas o comportamiento que indicados o teniendo en cuenta las indicaciones verbalizadas por el paciente le haya dado, alivien su dolor, es decir, realizar el acompañamiento emocional que precisa esa persona para su momento asistencial. La compasión tiene como objetivo responder a las necesidades precisas y concretas de la persona (paciente/familiar), no a las percepciones subjetivas y no contrastadas del profesional. Es el resultado de una nuestra escucha activa y empatía a la que se llega tras preguntas adecuadas y que nuestra la capacidad de acercamiento a la persona del profesional, y por tanto nuestra capacidad de acompañamiento y cuidados que somos capaces de que dar a cada persona que demanda asistencia en los servicios de urgencias.

               El profesional tiene que se consciente que el proceso “confianza-empatía-compasión” es un proceso dinámico que precisa de su interacción activa y cercana con el paciente, para lo que la preparación del profesional es indispensable a la vez que estar receptivo a lo largo de todo el proceso a las necesidades individuales que cada persona muestre, eliminando sus prejuicios y evitando juzgar a la persona, a la vez que evitará proyectar sus propios valores sobre la persona.

               ¿Qué dificultades como profesional detectas en tu proceso?

               ¿Cuales son tus fortalezas y debilidades en el desarrollo de “confianza-empatía-compasión”?

               Si lo deseas con formación HURGE  puedes abordarlas y mejorar tu proceso “confianza-empatía-compasión”, ya que es un proceso que depende de personas, por tanto de “TÍ”. Y la humanización es un  proceso dinámico de personas.

                                                                                                       Juana María Marín Martínez

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